lunes, 25 de diciembre de 2017

DULCE CORAZÓN (Un cuento de Navidad)


Patrick Templeton y Emma Torgeson se conocían desde los tiempos del colegio; habían crecido juntos y juntos permanecieron hasta que ambos se graduaron en Derecho, con honores, en una de las más prestigiosas universidades del país.
Allí, en la universidad, se habían hecho novios, con el beneplácito de sus respectivas familias, y como personas sensatas y cabales que eran planificaron su vida al milímetro: trabajar en el bufete de abogados del que el padre de Emma era socio fundador, adquirir experiencia, renunciar de manera voluntaria a vacaciones, festividades, escapadas de fines de semana y otras sandeces por el estilo e invertir todo ese tiempo y esfuerzo en allanar el camino hacia el éxito personal y profesional. 
Ambos tenían muy claros sus objetivos: construir una sólida reputación profesional, montar su propio bufete antes de los treinta e ir subiendo posiciones en la escala social hasta alcanzar sus metas. Despreciaban de manera indisimulada a las personas desprovistas de ambiciones, sin metas ni objetivos en la vida, y carentes del coraje necesario para hacer lo que haya que hacer para alcanzar esos objetivos. Es decir, despreciaban a todo el que no fuese como ellos. 
Dedicados en cuerpo y alma al trabajo y a sus propias ambiciones personales, en poco más de cinco años ya manejaban algunas de las mejores cuentas del bufete. Su impecable historial de victorias no hacía sino alimentar su fe y su confianza en sí mismos, además de hacer crecer a buen ritmo su prestigio dentro y fuera de la profesión.
Tal y como habían acordado, acabaron por montar su propio bufete antes de cumplir los treinta, llevándose con ellos a todos los clientes que habían defendido en el tiempo que permanecieron a las órdenes del padre de Emma y sus socios.
Patrick y Emma se casaron cuando había que hacerlo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde; justo cuando ambos convinieron que había llegado el momento de hacerlo.
Todo iba según lo planeado en la vida del joven matrimonio hasta que Emma se quedó embarazada. El embarazo no fue buscado, hecho que alteró ligeramente los planes de la pareja. Con todo, decidieron asumir el «error», procurando que la gestación de su bebé interfiriese lo menos posible en el plan de ruta marcado.
Nueve meses más tarde llegaba al mundo una preciosa niña de ojos curiosos y sonrisa perenne al que sus padres pusieron por nombre Eugenia Templeton Torgeson.
La llegada de Eugenia obligó a los Templeton a contratar los servicios de una cuidadora a tiempo completo.
El casting de institutrices para la pequeña Eugenia fue exhaustivo y concienzudo. Al final, tras entrevistar a más de medio centenar de aspirantes, los Templeton acordaron contratar a Helga Westermann, una mujer soltera entrada en la cuarentena, de carácter adusto y mirada pétrea como una escultura de mármol.


Eugenia creció ahogada bajo la férrea disciplina marcada por Frau Westermann, quien, ante la total ausencia de los padres, no tardó en adjudicarse el papel de padre/madre/educadora, para desgracia de la niña, pues la agria institutriz no perdonaba una a la pobre criatura.
Con su marcado acento teutón, unido a un carácter extremadamente áspero y autoritario, Frau Westermann obligaba a la niña a estudiar, a comer y a dormir a sus horas, bajo amenaza de severos castigos si no obedecía sus estrictas órdenes y directrices. El carácter dócil de la niña en modo alguno lograba menguar la severidad en el trato que Frau Westermann le dispensaba; más bien al contrario, la alimentaba, como la gasolina alimenta la voracidad del fuego.
Para desgracia de la niña, los Templeton se mostraban encantados con la labor educadora ejercida por Frau Westermann, pues absortos como estaban en sus ambiciosos planes profesionales lo último que deseaban era llegar a casa y ocuparse de la educación de aquella niña que consideraban débil y desposeída de carácter.
En una ocasión, a finales de diciembre, Eugenia preguntó a sus padres durante la cena:
¿Por qué aquí, en casa, nunca celebramos la Navidad?
¿A qué viene esa pregunta, jovencita? —replicó en tono severo la madre.
En casa de mis compañeras de clase todos los veinticuatro de diciembre se celebra la Navidad. Excepto en la casa de Rose Sandler, porque dice que su familia es judía y que los judíos no celebran la Navidad. ¿Nosotros somos judíos?
No —respondió tajante el padre.
¿Y qué somos?
Somos prácticos.
¿Y eso qué es? ¿Una religión?
No, idiota. Nosotros no practicamos ninguna religión. Eso se lo dejamos a las mentes débiles que necesitan creer que alguien vela por ellos desde algún ignoto lugar del universo. Nosotros, en esta casa, la única fe que practicamos es la del esfuerzo y el trabajo duro, porque sólo con esfuerzo y trabajo se consigue aquello que se desea. Lo demás son cuentos para niños, estupideces sin sentido.
¿Qué tienen de malo los cuentos para niños? —preguntó inocentemente Eugenia.
Por favor, Emma, haz llamar a Frau Westtermann y que se lleve a esta palurda a la cama —sentenció el padre.

Con el paso de los años la curiosidad desapareció de los ojos de Eugenia, al igual que su sonrisa. Ignorada por sus padres y abuelos, y atosigada por aquella malvada mujer de corazón de piedra y mirada de hielo, la pobre criatura sólo hallaba consuelo las veces en que se escondía en la cocina y hurgaba en la despensa hasta encontrar alguna tableta de chocolate que llevarse a la boca.
Una noche, de madrugada, Eugenia fue sorprendida en la despensa por Clarisse, la cocinera. La niña, con el rostro manchado de chocolate, comía a escondidas unos deliciosos bombones de origen suizo.
Pero pequeña, ¿se puede saber qué haces aquí escondida? —dijo Clarisse con voz dulce y sosegada.
Eugenia, asustada, rompió a llorar.
Por favor, señorita Clarisse, se lo ruego —dijo entre llantos—, no le diga nada a mis padres. Y mucho menos a Frau Westermann. Me matarían si se enterasen de esto.
Clarisse, que llevaba incluso más años al servicio de los Templeton que Frau Westermann, era perfectamente conocedora del trato cruel y vejatorio que sufría la pequeña, por lo que sintió nacer en su interior un sentimiento de compasión hacia aquella débil criatura.
Será nuestro pequeño secreto —susurró la cocinera. Y le dedicó a la niña una sonrisa cómplice.
La pequeña Eugenia, conmovida, dejó de llorar, se secó las lágrimas y se abrazó a la cocinera.
Desde aquel día Eugenia encontró en Clarisse una aliada, una amiga; la única persona de cuantas conformaban su entorno que mostraba una cierta empatía hacia ella.
Todas las noches, a escondidas, Clarisse proporcionaba a Eugenia su dosis diaria de chocolate. Por desgracia, los efectos de aquella dulce costumbre no tardaron en hacerse visibles.
Cada día que pasaba más trabajo le costaba a Frau Westermann vestir a Eugenia, pues sus ropas parecían encogerse en relación a su anatomía. Los kilos comenzaron a manifestarse de manera alarmante en el contorno de la niña y su rostro comenzó a redondearse hasta parecerse a un muñeco de nieve de carne y hueso.
Los padres de Eugenia, indignados, exigieron a Frau Westermann que pusiese coto a aquel despropósito, bajo amenaza de despido si no hacía bajar de peso a su cada vez más oronda hija.
Frau Westermann, herida en su orgullo, intensificó el ejercicio físico y aumentó su vigilancia sobre la niña, haciendo aún más agobiante si cabe su ya de por sí incómoda presencia.
Pero por más vigilancia y rigor que aplicaba aquella horrible mujer sobre la niña jamás consiguió averiguar el origen de aquel exagerado aumento de peso, pues la buena de Clarisse siempre se las ingeniaba para, sin ser descubierta, seguir suministrando a Eugenia su dosis diaria de chocolate.
El mismo día en que la niña cumplió los once años, y viendo sus padres que seguía engordando sin parar, Frau Westermann fue despedida, para gozo de Eugenia y Clarisse.
Mas poco les duró a ambas la alegría, pues por decisión de sus padres la pequeña Eugenia fue ingresada en un internado.


Desde el mismo día de su ingreso, la leal Clarisse iba a verla entre dos y tres veces por semana y en esos encuentros aprovechaba para seguir suministrando a la pequeña su dosis de chocolate, pues sabía lo mucho que ella apreciaba aquel dulce manjar entre tanta desdicha.
Y es que la pobre Eugenia era la diana de todas las burlas de sus compañeras en el internado. Se reían de ella por lo gorda que estaba. No había día en que no sufriese el rechazo y las más crueles bromas en relación a su más que evidente sobrepeso.
Eres gorda —le decían unas.
Eres fea —le decían otras.
Nadie querrá cargar con una niña tan gorda y tan fea como tú —le auguraban otras.
Estás tan gorda como una de esas huchas con forma de cerdito —se burlaba con exagerada crueldad Lindsey Campbell, una de las cabecillas del grupo de alumnas del internado—. Apuesto lo que quieras a que en la espalda tienes una ranura por donde introducirte las monedas. Come cerdita. Oink, oink, oink —y diciendo esto, todas las niñas se echaban a reír.
Las niñas en el internado se mostraban excesivamente crueles con Eugenia. Pero ella, acostumbrada como estaba a la crueldad sin límites que durante años soportó por parte de su antigua institutriz, había aprendido a construirse un grueso caparazón sobre el que resbalaban las burlas y los insultos que le dedicaban sus compañeras. Así, lejos de convertirse en una amargada, Eugenia creció relativamente feliz, pues halló cobijo entre las páginas de los libros de sus autores favoritos, aquellos que leía a escondidas en sus ratos libres.
Dos días al mes, Eugenia recibía la visita de sus padres. Pero a juzgar por la reacción de ambos en esos encuentros la pequeña habría preferido que no la fuesen a visitar nunca, pues cada vez que iban a verla no cesaban de recriminarle su sobrepeso.
Estás asquerosamente gorda —le decía su padre.
Así nunca vas a encontrar a nadie que quiera casarse contigo —le decía su madre, con hierática frialdad—. ¿Es que no tienes decencia?
Y así una y otra vez.
Día tras día, Eugenia notaba el rechazo de sus compañeras, de sus profesores y hasta de su familia. La única que se mostraba cariñosa y comprensiva con ella era Clarisse, la única persona en el mundo a la que podía considerar su amiga.
Los años pasaron, los abuelos fueron muriendo uno tras otro y Eugenia seguía viviendo encerrada en aquel internado rodeada de inhumanidad. Los únicos momentos en que Eugenia podía sentir algo parecido a la felicidad era cuando leía o cuando recibía la visita de su amiga Clarisse, quien jamás faltó a una sola de sus citas con la pequeña.
Eugenia Templeton permaneció ingresada en aquel internado hasta cumplir los diecinueve años de edad.
Una fría mañana de noviembre Eugenia fue requerida por la directora Chambers. Al entrar en el despacho, Eugenia observó que una de las sillas dispuestas ante la mesa de la directora la ocupaba un hombrecillo que llevaba una cartera de cuero negro dispuesta sobre sus muslos.
Siéntese, señorita Templeton —ordenó la directora Chambers en un tono de voz autoritario y deshumanizado.
Eugenia se sentó en la única silla que quedaba libre.
Señorita Templeton, le presento al señor Hoskins. Vamos, salude —instó la directora Chambers.
Buenos días, señor Hoskins —dijo Eugenia con un hilillo de voz que delataba su marcada timidez.
El señor Hoskins es uno de los abogados de sus padres, señorita Templeton, y tiene algo muy importante que comunicarle —apuntó la directora Chambers—. Adelante, señor Hoskins.
Aquel hombre enjuto, de rostro pálido y cadavérico, se ajustó las lentes antes de pronunciar sus primeras palabras.
Señorita Templeton, me temo que soy portador de malas noticias para usted. Verá, sus padres, Patrick y Emma Templeton, han fallecido en un accidente de automóvil ocurrido hace dos días a las afueras de...
A partir de aquí Eugenia Templeton dejó de escuchar la voz sin alma de aquel insignificante hombrecillo. Su mente divagaba entre pensamientos desordenados. Sus sentimientos eran confusos. No sabía si aquella noticia le causaba tristeza o paz. Sí, se trataba de sus padres, pero apenas había tenido trato con ellos, y el amor y el afecto se alimentan de roce y trato, algo que ella no había tenido con aquellos seres que consideraba poco menos que perfectos extraños. Tampoco ayudaba el hecho de que ni uno ni otro hubiesen mostrado jamás el más mínimo gesto de amor o cariño hacia ella. Al contrario, su trato siempre fue frío e impersonal, como si en vez de una hija se tratase de una más de sus empleadas.
Señorita Templeton, ¿me ha oído usted? —dijo el señor Hoskins al advertir que Eugenia no reaccionaba.
Sí. Disculpe —dijo Eugenia volviendo al presente.
En vista de los hechos, es mi deber informarle que es usted la heredera universal de todos los bienes y obligaciones de la familia Templeton.

Eugenia Templeton heredó una considerable fortuna. Siendo mayor de edad podía hacer uso de la herencia de la manera que estimase más oportuna.
Lo primero que hizo Eugenia fue abandonar el internado. Después de eso vendió todas las propiedades, incluido el bufete de sus padres. Con el dinero que obtuvo de aquellas ventas contrató a su amiga Clarisse y compró una enorme mansión de cuatro plantas edificada en mitad de un frondoso bosque.
Eugenia contrató a los mejores ingenieros, paisajistas y jardineros e hizo construir en los alrededores de la mansión un suntuoso jardín japonés protegido por una kilométrica valla. Su intención era la de aislar en lo posible aquel jardín del exterior, como si con ello pretendiese crear un mundo aparte, un lugar destinado a la relajación, a la serenidad de espíritu y a la confluencia con la naturaleza.


Hizo traer numerosas rocas y piedras de todos los tamaños, colores y texturas imaginables, que luego ordenó colocar en armónico orden con el entorno.
Para realzar aún más la belleza de aquel personal Edén, Eugenia adquirió toneladas de arena y grava blanca que los operarios esparcieron minuciosamente por los rincones de aquel suntuoso jardín rodeado de césped natural y hermosas y exóticas plantas.
Para rematar la decoración de aquel mágico lugar, Eugenia Templeton hizo colocar centenares de farolillos, puentecillos, pasajes de madera y miradores, e hizo construir a lo largo y ancho del recinto hermosos riachuelos y lagos artificiales.
Por último, Eugenia se gastó una auténtica fortuna en traer directamente del Japón la más variada colección de peces de colores que jamás se hubiese visto por aquellos lares.
Cuando al fin lo hubo dispuesto todo, Eugenia contrató a un magnífico equipo de jóvenes nodrizas a las que ella misma se encargó de entrevistar personalmente. Todas las aspirantes debían tener como único requisito imprescindible un carácter tierno y dulce, además de mostrar amor y veneración por los niños. Para completar el personal a su servicio Eugenia Templeton contrató los servicios del mejor equipo de pediatras y enfermeras que el dinero pudiese conseguir, mientras que delegó en su amiga Clarisse la contratación de las cocineras y sus ayudantes, además de encargarle la adquisición de la equipación de cocina a su gusto, sin límite de presupuesto.
Concluido el proyecto, Eugenia abrió las puertas de lo que ella llamó «un hogar para los niños sin hogar». Hasta allí comenzaron a llegar niños procedentes de todos los hospicios del país, de toda edad y condición, pues Eugenia consideraba que todo niño merecía tener una infancia feliz y dichosa.
Eugenia Templeton vivió muchos años rodeada de niños y a todos ellos les dio todo el amor que llevaba años atesorando en el fondo de su corazón.
La víspera de Navidad de 1976, a la edad de sesenta y tres años, Eugenia Templeton sufrió un infarto y murió mientras dormía plácidamente en su cama. A la mañana siguiente fue su amiga Clarisse quien la encontró dormidita en la cama, como un ángel dulce y bondadoso que hubiese decidido desplegar sus alas y volar alto, tan alto como el sol y las estrellas, dejando tras de sí una estela de amor y fraternidad.
Feliz viaje, mi niña —dijo Clarisse ahogada por la tristeza. Sus lágrimas resbalaban por su arrugado rostro sin poder ni querer evitarlo.
El día después de su muerte, Navidad, se organizó una bonita fiesta, con música y atracciones de todo tipo, para honrar la memoria de Eugenia Templeton, cumpliendo así los deseos que ella misma había dejado estipulado en su testamento; quería que todos la recordasen con una sonrisa y no con tristeza.
Eugenia había dispuesto con sus abogados que tras su muerte todos sus bienes fuesen administrados por Clarisse, pues sabedora del inmenso corazón y bondad sin límites que atesoraba la única y verdadera amiga que había tenido a lo largo de su vida, consideraba que no había en el mundo nadie mejor que ella para hacerse cargo de todo.
Cuando a Eugenia se le practicó la autopsia se descubrió algo que dejó perplejos a propios y extraños. Los médicos no daban crédito a aquel extraordinario suceso, pues nunca antes se había dado un fenómeno semejante en un ser vivo.
Según la autopsia, el corazón de Eugenia Templeton estaba hecho enteramente de chocolate. Sí, habéis leído bien, el corazón de Eugenia estaba hecho de dulce y refinado chocolate.
Cuando su amiga Clarisse fue informada de este hecho, esbozó una leve sonrisa y, con los ojos bañados en lágrimas, exclamó:
Mi preciosa niña. Era tan dulce que su corazón acabó transformándose en el más dulce de todos.





8 comentarios:

  1. Gracias por este regalo, Pedro. ¡Que vivan los corazones de chocolate, ahora y siempre!
    Un abrazo muy grande y Feliz Navidad

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    1. Gracias a ti por el regalo de leerme, querida Eternal Smile. : )

      Te envío besos y abrazos de chocolate, alcaldesa de Ciudad Esmeralda. Siga sonriendo, please. : )

      Feliz Navidad para ti también, querida Eva. : )

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  2. Buenos días, Pedro.
    Acostumbrada a tus otros relatos, me has sorprendido con este cuento tan "dulce".
    Los buenos "artistas" ya se sabe...dominan cualquier género.
    Mis mejores deseos para estas fechas y para siempre (es mi frase favorita, porque si no recuerdo mal, el año tiene 365 días)
    No lo dudes, me ha gustado tu cuento. Un abrazo.

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    1. Buenos días, Ana.

      Me gusta sorprender de vez en cuando al lector. Es una forma de no caer en el estancamiento ni el aburrimiento por lo previsible de mi propuesta. Aunque también es una forma un poco arriesgada de obrar, ya que uno de los principales objetivos de un autor que empieza es labrarse un nombre asociado a un estilo determinado (en mi caso, el humor literario), y claro, habrá lectores que, al no encontrar nada de eso en alguna de mis piezas, no pueda evitar sentirse un tanto "decepcionado/a".

      Dicho esto, opino que un autor ha de buscar siempre ensanchar sus horizontes creativos, no ponerle límites a su creatividad, y escribir aquello que desea escribir sin limitarse por cuestiones de tono o estilo. Al fin y al cabo, los autores somos el resultado de nuestras lecturas, y no siempre leo humor (sería aburridísimo si hiciese tal cosa). Me gusta cualquier género que alimente mi curiosidad y mi interés, y estimule mi imaginación. Y esa mezcla, de una forma u otra, acaba alimentando también mi creatividad.

      Gracias por considerarme un "buen artista". Pásame por privado tu número de cuenta corriente para hacerte el ingreso por la publicidad ; ) Nah, es broma. Todo el que me lee sabe que soy un autor pobre pero honrado. Y claro, así me va. :P

      Comparto contigo el intercambio de buenos deseos, para estas fechas y para siempre. Desearle el bien a alguien no debería tener fecha de caducidad. Que 2018 te sea propicio (fíjate si soy antiguo que me remonto a la época de la Roma Imperial para felicitar el nuevo año. Si es que soy un viejuno del XV). ; )

      Gracias por tu lectura y tu valoración, Ana. Celebro que te haya gustado mi cuento.

      Un abrazo.

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  3. ¡Bravo! Un bellísimo y tierno cuento de Navidad, tal como debe ser.
    Ojala´hubiera más gente con un corazón tan dulce como el de Eugenia.
    Que acabes de pasar unas muy felices fiestas, Pedro.
    Un fuerte y cálido abrazo.

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    1. Gracias, Josep.

      Opino lo mismo que tú: ojalá hubiese en el mundo más gente como Eugenia. Nos iría mucho mejor. Lástima que el mundo en el que vivimos ande escaso de "Eugenias" y demasiado sobrado de "Fraus Westermann" y padres como Patrick y Emma.

      Lo mismo te deseo, Josep: que pases unas muy felices fiestas, amigo. Y que ojalá en este año que está por venir impere la cordura, que muchos la echamos en falta desde hace bastante tiempo; aquí, allí y en todos lados.

      Por cierto, no me resisto a reproducir la letra de una de mis canciones favoritas del grupo de heavy rock español Barón Rojo. Parece mentira que haya sido escrita hace treinta y tantos años. Sigue tan vigente como entonces:

      Fuiste hija de un siglo traidor y una revolución
      y contigo la gente creyó mirar de frente al sol
      Por primera vez se pudo escribir la verdad
      lucha sin cuartel para conseguir libertad
      Guíanos los pasos danos la mano Diosa Razón
      vuelve a nosotros ábrenos los ojos Diosa Razón
      Y tus fieles soñaron crear un mundo mejor
      los fanáticos vieron caer sus dogmas de terror
      dio la sensación de que habría al fin solución
      y tu inspiración trajo por doquier rebelión
      Guíanos los pasos danos la mano Diosa Razón
      vuelve a nosotros ábrenos los ojos Diosa Razón

      ¡Qué grandes los barones, coño!

      Un fuerte y cálido abrazo de vuelta, amigo Josep.

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  4. Interesante como escribes
    Y te admiro ya que yo no puedo escribir largo
    un abrazo desde Miami

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    1. Saludos, Recomenzar.

      Te agradezco tus amables palabras hacia mis escritos. Por curiosidad, cuando hablas de tu imposibilidad para "escribir largo", supongo que te refieres a escribir textos extensos, ¿no? ¿Quizás te van más la poesía o los microrrelatos, por aquello de la síntesis?

      Un abrazo de vuelta, Recomenzar.

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